sábado, 6 de junio de 2009

La sinfonía salvaje - primer movimiento



Las Neblinas


Unos días vienen del sueño con sus mantillas malvas de neblinas,
cruzan por los campos donde rieran al sol primaveras idas.
Ya el tema se evidencia en el temblor de esos bueyes tristes
que con lentos pasos van desliendo el neblinal con sus sollozos.

Las campanas arrugaban las brisas sin edad. De esos ayeres
caía la verdad solemnemente, con una lentitud goteante y clara
del rostro de los años, imponente e imperturbable
como un centinela llorando.

Érase que unas garzas en las tardes cruzaban sobre las aldeas
remando el aire inacabable con sus estampas de ausencia,
y nosotros elevábamos los rostros como novias invitantes
esperando que nos besara el asombro con sus ósculos de vidrio.


Sobre los robles que vimos más enhiestos con nuestros ojos
/primarios
más altos y cimbreantes que nuestra abuela junto a la cuna,
pasaban unas nubes que no olvidaremos jamás:
parecían osos luchadores desmoronándose en lloviznas.

Venía la soledad bajo la niebla, como no la veíamos a la distancia
a veinte pasos estornudó y la vimos correr hacia nosotros
primero como una niña que empezara a caminar
y después con su fuerza de anciana adolescente

envarillada de juventud como los maizales
la soledad era la niebla envolviéndonos a todos,
condensándonos en rocíos balbucientes,
haciéndonos intocables y tiernos como el tiempo.

El sol, en su habitual lectura de lagos con sus páginas de cielos
detrás de la infancia de nosotros espejeaba junto a ciertos cerros,
y caminábamos sobre sus láminas límpidas
con nuestros olvidados pies calzados con nostalgias.

Otros días venían del odio por las tardes calurosas
y pavoneaban sus espuelas y se engallaban y engolfaban
hinchando y abriendo sus alas y sus colas multicolores
gritando y pitando en las galerías del escándalo.

Nosotros volveríamos al vientre tibio de nuestras madres
a recrear el dulce sabor de esa patria de carne
para que nos mezclaran besos con palabritas tiernas
contra ese pecho rebosante de paz como cuando éramos de leche.

Quisiéramos ir con los calzones cortos, guindando de la prisa,
corriendo jubilosos como perros recién nacidos
por la orilla de aquel caminito rural que recordamos
en la campiña interminable de la infancia.

Las canoas, las canoas abordadas en las chorrreras de los ríos,
las canoas con sus remos labrados y pulidos en cuaresma
van remando entre laderas de cuarzos y jabillas
entre el eco confuso de los pájaros azules de la adolescencia.

Ligamos nuestras sangres cortando las muñecas con filo de
/ pachulíes
y después nos besamos los labios ensangrados
bajo los guayabos, entre los pajonales pendoneados,
mirando los grandes párpados de tu vientre evidenciar sus noches.

Y entre el vez-vez de las abejas se oían nítidamente los
/cuncuncunes
de los carpinteros perforando el sólido silencio de las palmas
y lejos —nosotros nunca sabremos decir dónde—
se oía el mugido lento y persistente de unos becerros negros.

Iríamos cada mañana con el ordeñador de las yerbas mojadas
a beber al pie de las vacas el calostro caliente
para robarle un poco de insomnio le seguiríamos
por los caminos de telarañas como un perro mordiendo sus
/talones.

Allá lejos, entre unas neblinas lentas, neblinas mantillales,
vemos formarse el día, lo vemos acicalarse humildemente
con su habitual mameluco de labriego
encendiendo su pipa de oro en el fuego de la cruz de las iglesias.

Pasamos —¿Por dónde? ¿Cuándo?— alguna vez pasamos
por el túnel de los días, penetramos sus arcos ardientes,
sus territorios de mentira y sueño,
embriagados de círculos como el tambor mayor de la fanfarria.

Al irnos, al volvernos de leche para el sueño,
al entrar en el círculo tibio de las madres
¿pensaremos ciertamente en los ferrocarriles de la vida,
en sus interminables rieles fundiéndose en el aire?

Ciertamente amigos domadores fusteantes,
un león de creosota tose en ciertas cavernas pulmonares
y entre las nieblas, nosotros, apegados a la vida,
lloraremos sobre la falda del sueño la impotencia del amor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario